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BAFICI 2011: el cine, el frío y la política

Por David Pafundi

Son las 10:10, un poco tarde para entrar al entrepiso del Abasto. A primera vista la fila habitual para retirar entradas no llega a la escalera, pero la ilusión se corta cuando al subir los peldaños la fila es un poco más larga y avanza más lento de lo habitual. A correr otra vez. Ya empezó El estudiante. Tenía vista El amor (primera parte), así que las expectativas eran buenas.

Al igual que aquel film, El estudiante arranca con una voz en off que describe la situación: Roque viene desde un pueblo a estudiar a capital Federal, en sus primeros días dentro de la Universidad fija su atención en Paula, una joven profesora. Para conocerla se apunta en la materia que ella dicta como una mera excusa, se involucra y milita junto a ella en el mismo partido, paso inicial que lo vincula con los sectores más importantes de la política universitaria y le permiten ascender velozmente (esta parte algo inverosímil de cómo un tipo un día quiere levantarse una mina y al día siguiente ya casi es uno más dentro de los militantes) y también ser manipulado/traicionado por sus superiores. Al mismo tiempo va abandonando sus estudios, esto remarcado por una voz en off, ya a esta altura innecesaria que no suma en nada, al contrario desconfía del poder de las imágenes, como también desconfía Mitre de las agrupaciones universitarias. O al menos esa fue la polémica que despertó el film en algunos colegas que le objetaban desconocer por completo algunos partidos políticos y hacer un retrato bastante pesimista de la política.

El mensaje se asemeja a aquella frase de El padrino “no es nada personal, sólo son negocios”. Digamos la política como herramienta para escalar sin importar las consecuencias, el poder como único fin. Más allá de todo eso, la puesta en escena de la película de Mitre es impecable, las dos horas fluyen bien, con mucha agilidad, demostrando gran habilidad para filmar diálogos y un eficiente uso del espacio. La competencia internacional va mejorando, aunque todavía no vi la muy recomendada The ballad of Genesis and Lady Jaye.

Al principio pensé que las quejas sobre el aire acondicionado del compañero Rodrigo Seijas eran puros lamentos de un tipo acostumbrado al clima de Capital, pero no, durante toda la proyección de El estudiante tuve que subirme el cierre de la campera hasta las narices y taparme con la capucha para evitar un resfriado. Se ve que los muchachos del Hoyts se han cansado de este desfile interminable de gente y quiere eliminarnos sistemáticamente.

Minutos para tomar aire y hacer tiempo hasta el comienzo de At Ellen’s age. Ellen es una azafata que sufre una suerte de ataque de pánico poco antes de que el avión despegue y abandona el vuelo, lo que provoca que sea despedida. Ciertos giros algo arbitrarios hacen que se conecte con activistas que defienden los derechos de los animales, incluso llega a casarse por conveniencia con uno de ellos para evitar que este entre al servicio militar. La cámara siempre está en movimiento siguiendo los pasos de Ellen, que al igual que el personaje de George Clooney en Up in the air no puede pertenecer a un lugar, se ha acostumbrado a trasladarse incesantemente de un hotel a otro. Ella no está del todo convencida de los ideales de los activistas a quienes acompaña, su único beneficio es conseguir un refugio lejos de su hogar y la exploración de nuevos horizontes. Entre tantos giros dentro del guión, el final es medio aleatorio, forzado si se quiere, pero es funcional a la poco convencional estructura que mantiene la película.

Voy por la avenida Corrientes rumbo al Cine Cosmos, son cerca de las 22.00 y la avenida parece Mar del Plata: no hay ni un sólo café abierto. Debo decir que el poco personal del Cosmos le pone muy buena onda al Festival, uno de ellos hasta incentivó a la gente a que participe en las preguntas al director Thomas Imbach después de la proyección de Lenz (película de la cual hablaré en otra crónica). A diferencia con los complejos, en estos viejos cines a los empleados les interesa mucho más el cine.

Aquello del público masivo en el festival empieza a parecer una máquina de humo: en la función de Norberto apenas tarde la pequeña sala del Cosmos estaba a tres cuartos de su capacidad. El protagonista que le da el nombre a la película es un sujeto gris, que trabaja en una inmobiliaria, no por vocación, sino por necesidad. En ese lugar su jefe le sugiere que “se suelte un poco más” y le recomienda tomar unas clases de teatro para así mejorar sus métodos de venta, ya que gana un sueldo en base a comisiones. Norberto vendría a ser una especie de alter ego de los personajes que usualmente interpreta Daniel Hendler, es el típico tipo desencajado, que nunca se adapta al lugar en el que está, al que la realidad le llega a destiempo, pero tampoco le afecta demasiado. En esta opera prima algunas escenas pueden llegar a rozar el patetismo, pero el director siempre está a la altura de sus personajes, nunca los juzga.

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