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La cámara oscura

Puntos de vista

Por Cristian A. Mangini


7 puntos


La última película de una de las directoras más prometedoras del panorama cinematográfico actual a nivel nacional, se presenta con lo que aparenta ser una sencilla parábola didactista sobre la “belleza interior” o lo que hay “más allá de las apariencias”.

Sin embargo, la última obra de María Victoria Menis triunfa sobre la obviedad y crea un relato sólido valiéndose de un guión audaz que apuesta por las imágenes más que por los diálogos, y actuaciones que complementan el relato a partir de gestos y acciones que ayudan a desarrollar los matices de cada personaje. Por supuesto, la película es la historia de Gertrudis (Mirta Bogdasarian), y sobre ella recae gran parte del peso narrativo, pero también hay un elenco que sabe darle dinámica a ese personaje sobre el cual está focalizado la historia.

Pero vamos a hablar un poco de lo que se cuenta allí: Gertrudis es la hija de una pareja de inmigrantes rusos de religión judía que escapa de los funestos programas que en ese momento (finales del siglo XIX) asolaban ese país. Sin embargo, como ella nace entre el barco y el puerto le corresponde una nacionalidad extranjera. Signada por está “maldición”, más una temprana fealdad que advierten sus padres, su vida no es precisamente agradable en el ámbito escolar y es sistemáticamente discriminada. Esto la lleva a convertirse en un ser introspectivo que busca la belleza de manera contemplativa, alejándose del peligroso mundo real y sus interacciones. Por cierto, este aspecto está contundentemente ilustrado por la secuencia de animación de Rocambole, donde queda sentado que para la protagonista la única forma de escapar a los miedos es generar un mundo interior donde la belleza obedezca a otros parámetros estéticos (por eso la posición fetal sobre una flor). Obviamente la adolescencia tampoco sería un espacio donde se sienta cómoda, y su vida conyugal parte de un arreglo que le da muchos hijos necesarios para trabajar en el campo a su esposo.

Bien, el punto de giro más importante de la narración es la aparición del fotógrafo francés Jean Baptiste (Patrick Dell’Isola), quien de alguna manera rompe el esquema familiar que Gertrudis había previsto para su vida y, también, su concepción sobre la mirada de los otros. Sobre este personaje hay que decir que la actuación de Patrick Dell’Isola es intensa, particularmente durante sus relatos de la guerra, donde sabe acompañar a sus palabras de la tristeza que la acompañan. Eventualmente este personaje encontrara en Gertrudis la belleza oculta que busca y se desarrollará una nueva historia que conflictua de manera positiva a la protagonista.

Hablar de esta película es hablar de mirada y subjetividad, y para ello el apartado visual y sonoro se trabaja con una solidez estética que Menis maneja con notable profesionalismo. Naturalmente esto está centrado en la concepción de dos personajes: Gertrudis y Jean Baptiste. En el caso de Gertrudis están los gestos y la cámara subjetiva: la mirada gacha hacia la punta de los zapatos, por ejemplo, o las acciones que delimitan al personaje, como arreglar la mesa o adornar el mobiliario. También está presente en el sonido subjetivo: la protagonista no escucha las palabras de Jean Baptiste, las abstrae y se las figura de un modo más intenso que el relato de las palabras: escucha los estallidos, los tiros y los alaridos de dolor a partir de las palabras del fotógrafo francés, a diferencia del resto de su familia. En el caso de Jean Baptiste hay una serie de planos detalles que van mostrando lo particular de su mirada, y en que aspectos va reconociendo a Gertrudis: los arreglos florales, la cocina, etcétera. Su personaje también se edifica gracias a otra secuencia de animación deudora del surrealismo (subrayando en Dalí, Bretón y Buñuel, respectivamente), que ilustra su visión artística del mundo que hace hincapié en el periodo “entre guerras”, donde florecieron los movimientos que modificarían el  canon estético del siglo XX en todos los aspectos.

Finalmente un delirio, pero se cree que esa era la intención del texto original de Angélica Gorodischer: hablar de la noción artística que recorrió al mundo durante este particular momento histórico, resignificando ese aspecto de la Europa conflictuada por el belicismo (Gertrudis, por eso la aparente fealdad en la superficie) desde otros ojos que revalorizan esa belleza perdida en el exilio (Jean Baptiste, y por eso el sufrimiento y el cambio en el paradigma estético). Sea como fuere la interpretación del espectador, la película es sólida y la narración es visualmente atractiva, lejos de productos facilistas que se hubieran quedado con el sermón oportunista sobre las apariencias.

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