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Che, el argentino

Observando al héroe

Por Rodrigo Seijas


7 puntos


Ernesto “Che” Guevara es una figura casi inasible. Revolucionario de carácter claramente internacionalista, despojado de sí mismo y solidario hasta extremos impensados, su carácter icónico y mitológico lo hacen tan fascinante como difícil de abordar. Era alguien tremendamente humano e irreal al mismo tiempo.

Al principio, existió un proyecto sobre el Che Guevara que iba a estar dirigido por Terrence Malick, el notable y particular director de Badlands, Días de gloria, La delgada línea roja y El nuevo mundo. Sin embargo, pasaron los años y ese plan fue perdiendo fuerza, para desgracia de unos cuantos (entre los que se incluye este crítico) a los que se les caía la baba de sólo pensar en un personaje como el Che visto desde la perspectiva de alguien tan innovador en su cine como Malick.

Y la verdad es que el hecho de que alguien tan irregular como Steven Soderbergh se hiciera cargo causaba un poco de escalofríos. Pero hay que reconocer que el director de Sexo, mentiras y video (ganadora en su momento del Festival de Cannes), Traffic (¿se acuerdan de ese bodriazo?) y la franquicia de La gran estafa (tres películas inútiles) sorprende con un retrato lejos del típico biopic, sin concentrarse en nimiedades como, por ejemplo, la lucha contra el asma del protagonista. Esto, sin resignar la ambición, ya que construyó un díptico de más de cuatro horas y media de duración, del cual El argentino es la primera parte. Guerrilla, a estrenarse el año que viene, es el segundo y último capítulo.

Soderbergh propone una visión distanciada, que se constituye, al mismo tiempo, en la mayor virtud y en el mayor defecto del film. Virtud, porque permite apreciar mejor las contradicciones y dudas del Che, sus acuerdos y desacuerdos con Fidel Castro. Defecto, porque el filme termina perdiendo cierta dimensión épica innegable en lo que respecta a Guevara, sin alcanzar la energía necesaria en los momentos requeridos.

Pero lo que quizás hace más interesante a Che, el argentino es su contraposición entre el héroe individual y el héroe colectivo. La película hace hincapié en el segundo, presentando una galería de personajes fascinante que, luego, sirve de base para cimentar el héroe individual que fue el Che, a quiénes representó en momentos decisivos (los flashforwards durante su presentación en la Asamblea de las Naciones Unidas son los que mejor representan su grandeza y su humanidad), qué supo simbolizar.

Es necesario recalcar la impresionante actuación de Benicio del Toro, quien trasciende la mera imitación del Che. Es verdad, su acento es perfectamente argentino y sus posturas y gestos lo asemejan notablemente a Guevara. Pero lo que lo distingue por sobre todo es que supo darle una fuerza, una interpretación, una significación propia al papel. Eso es lo que distingue verdaderamente a un gran actor, lo que le brinda un atractivo extra a un filme que todavía espera completarse.

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