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Ceguera

POLICIALES

Por Juan Francisco Gacitua


0 puntos


Hablar del cine en general por reseñar una película tiene que ser inducido por la película misma, lo que siempre deviene en lamentos por la baja calidad general en los estrenos semanales. Entonces, siempre es necesaria la aparición de alguna película que rompa con esa monotonía cualitativa, que nos haga acordar qué hacemos escribiendo esto, por qué nos apasiona. Ceguera es uno de esos casos, una película extraordinaria, de las que salen pocas al año. Es realmente difícil poder toparse con una producción tan pobre en todos sus aspectos, que insistentemente muestre y celebre las armas con las que intenta entretener de la manera más chabacana y estúpida.

Este servidor es uno de los pocos defensores del Dogma 95, una de las últimas estafas del cine, para muchos, que no me provoca la misma repulsión. La razón: al menos el Dogma impartió una preocupación por lo que se filmaba, y por la manera en que se lo hacía; von Trier y Vinterberg defendieron su causa y realizaron estas películas con una pasión desmedida, que los volvió repetitivos y ya nada impactantes, pero que mantuvieron. En Ceguera, Meirelles no se aleja demasiado de von Trier en Dogville, espantando al espectador por medio del maltrato desmedido a un personaje, al cual apoyaremos si después quiere cometer las mismas barbaridades que le propinaron, porque supuestamente éstas son en nombre del bien. Un chanta más, sí, pero muy trucho.

Para provocar lo mismo que el dogma te hace con un par de simples planos y una canción de Bowie, el tipo necesita una fotografía oscura y tenebrosa, una música sobreorquestada e incómoda, y “malos” demasiado deshumanizados (aunque el personaje de Gael García Bernal sea el más simpático, a fin de cuentas). Necesita toneladas de abyección, distribuidas en violaciones, peleas, piernas con gangrena, pies pisando mierda (con una voz que explica que los baños están sucios, eh, que todos se den cuenta, por favor), o perros comiendo cadáveres. Necesita montar, cada tanto, una escena de éxtasis, donde los cieguitos se abracen, o se emocionen. Necesita simbología innecesaria (como todo lo que vengo describiendo, bah), ponerle vendas a íconos religiosos, porque guarda, que es seria la denuncia.

Pero, de repente, no quiere más de eso. No, hay que emocionar, parece pensar, de un momento al otro. La gente sigue tirada en las calles, eh, están todos muertos de hambre, peleándose por la comida que encuentran (cuando la encuentran)… Pero nuestros amigos los buenos se salvan, por suerte, con su líder, que misteriosamente es la única que no contrae esa ceguera recontra contagiosa, y se quedan viviendo solos en el departamento de los chicos. Ya está, no nos preocupemos más por cómo está el mundo, porque la mujer del doc salvó a los que nos sirven.

Un miembro del sitio comparó estas herramientas con las utilizadas por Pasolini en su Saló, una de mis películas favoritas, no incluida en esta reseña por el simple hecho de ser una obra deliberadamente placentera, y clara en sus ideas e intenciones (si les dan pena los nenes están con el foco desviado, fíjense en quiénes son los viejos y cómo son calificados), hecha por un verdadero poeta. O, en el peor de los casos, un buen engañador.

El texto y la imagen

Por Cristian A. Mangini


5 puntos


Ceguera es una enorme alegoría: lo era el texto universalmente conocido de José Saramago Ensayo sobre la ceguera y lo es esta adaptación de Fernando Meirelles. Sin embargo en el medio se pierde algo fundamental que es la sutileza. ¿Porque se pierde la sutileza?: hay una razón bastante sencilla y compleja que se define en una palabra, retórica. ¿Qué corno es la retórica?: en síntesis es la construcción del discurso y, aunque el tema es bastante más complejo avanzaré hasta ahí porque lo que importa es la diferencia entre texto e imagen.

Meirelles no logra traducir la abstracción de las palabras de Saramago en términos sutiles y cae en la obviedad visual. Muestra lo que una abstracción edifica en un discurso más contextualizado por un libro que excede las 300 hojas con imágenes que redundan en la miseria humana y son inmediatamente singularizadas, lejos del contexto subjetivo que podía dar el texto.

En el fondo el director, ya experimentado en el campo de la adaptación con buenas películas como El Jardinero Fiel (de John le Carré) bajo el brazo, tenía buenas intenciones, pero la naturaleza abstracta de cada libro dispone diferentes escenarios en el campo cinematográfico o, al menos, requieren una búsqueda estética diferente.

Dado que no hay un cambio, están los resultados contradictorios: Meirelles muestra nuevamente que es un director talentoso desde lo visual, su puesta en escena y el trabajo de fotografía merecen un apartado especial, sobre todo cuando construye subjetivas referidas a la ceguera (empatando a blanco la imagen o desenfocando). No tan interesante es su efectismo a la hora de filmar, por ejemplo, una violación, donde se vale de múltiples travellings y panorámicas que agredan al espectador visualmente y así, utilizar precisamente la retórica para dar el subtexto que él pretende en su película, alejándose del texto. Y ahí se fue la sutileza.

Quedará para el anecdotario el gran elenco y una banda sonora audaz, cargada de cuerdas, porque los preceptos bajo los cuales Ceguera fue desarrollada hubieran requerido otro tipo de puesta en escena, otra búsqueda estética. Así, solo es un panfleto efectista con algún virtuosismo visual. Paradójicamente, a su autor, el único que ya tenía las abstracciones en su cabeza antes de ver la película, le gustó.

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