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WALL-E

Claves para un mundo mejor

Por Mex Faliero

I-El cine se convirtió en la década del 90 en un lugar para cínicos, con películas que apuestan a la canchereada, con finales sorpresa y vueltas de tuerca, que desconfían del relato y apuestan a un cine artificial -que no artificioso- en el que la historia tenga un peso físico que le signifique al espectador el pago de la entrada. En ese contexto, Pixar se transforma en un lugar donde apoltronarnos y convertirnos en mejores personas, más puras y humanas. Historias nobles, sobre seres nobles, contadas de manera noble. Pueden ser peores (Bichos) o mejores (Ratatouille), pero la esencia se mantiene intacta. WALL-E es parte de este plan, es el punto máximo de la creación de la productora animada. Si Ratatouille innovaba en cuanto a las temáticas y la manera de abordarlas que un film infantil podía tener, este nuevo film de Andrew Stanton (Buscando a Nemo) es además de todo eso, una forma radicalizada de narrar, con más de 30 minutos sin diálogos y dos personajes que apenas se expresan con sus ojos y con sonidos.

II-La clave está en arriesgar. “No soy ingenuo sobre lo que está en juego. Pero siento que es casi una obligación no promover el status quo cuando uno adquiere influencia y visibilidad. No quiero volver a pintar el mismo cuadro. No quiero hacer la misma escultura. ¿Por qué un gran estudio no puede hacer pequeñas películas independientes? ¿Por qué no cambiar eso?”. Palabras de Stanton que publicó el diario Clarín. Está claro, si Pixar es lo que es, es porque logra mejorarse a partir del riesgo. Sí, hay mucha inversión publicitaria, gran tecnología a disposición, pero lo que sigue funcionando en el cine es saber contar una historia. Si esa historia es perfecta, mucho mejor. Es evidente, hay aquí una concepción precisa de lo que el cine debe ser. La única directiva de hierro parecer ser estimular la imaginación, luego, lo demás, es pura libertad para crear. Y WALL-E respira libertad por todos sus poros, por momentos parece Kiarostami para niños.

III-En la escuela de Woody, de Sulley, de Nemo, de Remy, WALL-E es un personaje perfecto, increíblemente humano, recto, hecho, derecho, romántico, solidario y arriesgado. Sin personajes atractivos, no hay película. Si Remy era un héroe que se fundaba en la moral y la ética (era llamativo que no tuviera un interés romántico, por ejemplo) y era un solitario, aquí el robotito que se quedó solo en la Tierra y se la pasa apilando basura, apunta más a las emociones epidérmicas. El amor, la compañía, el afecto, la amistad son los valores que el film promueve, desde los personajes, y de ahí que no se pueda evitar acompañarla con una mueca de tristeza y mucha emoción. Primero, la soledad de un mundo devastado, repleto de cadáveres, triste, incomunicado. Después, la visión de un futuro apocalíptico en el que la raza humana se ha convertido en gordos alienados que no saben lo que significa el roce de la piel. Para que todo esto cambie, será necesario el amor. El que nace entre WALL-E y la robot visitante EVE. Y si de personajes hablábamos, EVE es increíble. Dura, aventurera, de armas tomar. Es como la Sarah Connor de Terminator. Pero en su dureza, se develará también la tristeza cuando descubra lo que alguien es capaz de hacer por ella, en uno de esos picos de emoción que tiene la película. Ni qué decirles del baile con un matafuego que WALL-E propone en pleno espacio.

IV-Para que el cine sea entretenido, no debe estar reñido con las ideas. Y un cine que tenga ideas, no debe convertirse inmediatamente en una demostración soberbia de verdades. Está claro que WALL-E tiene mensaje, dice algo, muestra un mundo horrendo y señala lo que está mal. Pero su valor no está en generar conciencia, sino en ofrecer soluciones cuando hoy el cine suele criticar para quedarse en la puerta de los oportunistas. Además, las ideas son puestas en funcionamiento a través de la narración, de la aventura, de una distopía muda y gris primero, y colorida y furiosa después. Que en la Luna aparezca la bandera norteamericana y acto seguido un letrero que indica “próximamente un centro comercial” es una de esas ideas luminosas que la película tiene a puñados. Ese solo momento guarda tanta intertextualidad como para elaborar un tratado filosófico sobre la relación entre la ciencia, el poder, los medios, el capital y la humanidad. WALL-E es, como es moda, una película ecologista. Pero, hay que entender de una buena vez por todas, que el mensaje no es malo, lo malo es subrayarlo. Y eso es algo que aquí se evita. Estamos ante un ejemplo de cómo dejar una enseñanza sin ser didáctico ni aleccionador.

V-Está claro que el cine animado no es para chicos. Eso es una consecuencia. Lo animado es tan sólo otra herramienta para contar historias. Y Pixar fue quebrando lentamente esa regla, hasta que con Ratatouille y WALL-E creó dos películas que seguramente los chicos podrán ir descubriendo lentamente cuanto más grandes sean. Si en Ratatouille era por los temas que abordaba, aquí es por todo un mundo que se recrea y por la forma en que se lo hace, apelando a referencias cinéfilas como que el robot vea Hello Dolly, un momento clave tenga la música de 2001, odisea del espacio y toda su primera parte sea un homenaje así de grande al cine de Chaplin y Buster Keaton. Del primero guarda la emoción y la sensibilidad, del segundo, el juego con el espacio y los elementos de la puesta en escena. Y lo bueno es que no resulta pedante, sino que todo fluye y tiene un por qué. El musical como exponente cumbre de lo romántico y el cine mudo como la esencia de poder contar una historia con gestos. Pero con 2001 pasa algo raro, no sólo que homenajea la obra de Stanley Kubrick, sino que además la humaniza y la mejora, evadiéndola de la solemnidad y la estupidez grandilocuente del sobrevalorado director.

VI-Así como Stanton en Buscando a Nemo tenía una patota de personajes y los más encantadores estaban adentro de una piscina, encarcelados, hasta que lograban rebelarse, en WALL-E vuelve a contar la rebelión de los desclasados. En el futuro que propone, un grupo de robots con fallas permanecen detenidos hasta que el robotito enamorado llega para romper todas las reglas. “Rebeldes”, dice reiteradamente la voz de alerta que informa sobre esta falla en el sistema. Ese encantamiento por lo chatarrero, lo que está afuera del sistema, por primera vez resuena honesto en el contexto de una película que no busca complacencias ni simpatías inmediatas. Si las tiene, es porque sus personajes son tan irresistibles que no necesita de discursos demagógicos. Allí está la idea del buen revolucionario y allí están esos robots sin clase ni lugar para decirle al mundo que se pueden liberar.

VII-Y entre tanto robot parece mentira que lo que prima fundamentalmente en el film sea el espíritu humano. WALL-E tiene, como no es moda (y aquí un riesgo del que el film no hace bandera), mucha esperanza en la humanidad. Si los pinta como bebés enormes que tienen que aprender a caminar de nuevo, conectados a máquinas infernales, sólo atentos a lo que pasa en una pantalla y temerosos de tener contacto con otros, no tendrá vergüenza de poner el destino nuevamente en sus manos. Es que WALL-E no es cínica, sino humana, noble, honesta. No hay castigo, apenas la toma de conciencia que sobreviene a la desorientación y la imbecilidad. “No quiero sobrevivir, quiero vivir”, dice el capitán de la enorme nave donde vive la humanidad, un personaje que lentamente irá mostrando varias capas de complejidad. En medio de este vendaval de ideas que es la película de Stanton, vuelve una y otra vez la historia de amor de WALL-E y EVE y su leitmotiv que está dado en el acto de darse la mano. Esa acción, que tendrá diversas variantes en cuanto a tono y registro durante todo el film, encontrará sobre el final un pico de emoción del que no será sencillo recuperarse. Y en ese gesto final, estará la gran filiación inevitable del film que es ET. Con el mismo cuerpo esmirriado, sus brazos largos y su cuello retráctil, el marciano de Spielberg y el robot de Pixar son las muestras más humanas y esperanzadoras de que podemos salir del lugar oscuro y peligroso, repleto de melancolías y de pérdidas, en el que se ha convertido el mundo. Y que es necesario dar la mano, abrazar, querer, estar y ser para no sentirse solo. Contra todos lo males de este mundo, WALL-E tiene algunas claves para hacer de este un lugar un poco mejor.

10 puntos


Fuera de serie

Por Cristian A. Mangini

Impresionante. Wall-E es un acontecimiento, una pincelada de genialidad pocas veces vista, y lo suficientemente efectiva como para desarrollar un relato entretenido y al mismo tiempo, dosificar durante el transcurso del film una punzante crítica social cargada de una sutileza admirable. Para realizar esto el director Andrew Stanton reinterpreta leyenda y religión, se interna en el terreno de las contra utopías de la ciencia ficción y, en un auténtico desborde de animación, logra un aire de trascendencia gracias a la originalidad de la historia, enmarcada por la clásica estructura del héroe y su odisea. Además de eso, hay un homenaje explícito al musical en secuencias memorables y referencias a clásicos de la ciencia ficción que no resultan para nada arbitrarias, sino que enriquecen la idea general que subyace detrás del film.

Hablar de Pixar es, sin lugar a dudas, hablar de calidad y virtuosismo. Quizá la tecnología y el dinero este disponible en otros estudios, pero lo que hace este estudio siempre es “diferente”, por buscarle un adjetivo adecuado. El respeto hacia el encuadre, la capacidad para generar climas y la notable capacidad para generar íconos, además de los guiones trabajados con detalle, hacen de sus films un emotivo homenaje al cine. En cierto sentido, Wall-E es superior a su predecesora, ese otro enorme film ganador del Oscar en la categoría de animación que es Ratatouille. Esto no es para desmerecer a tal o cual producción: ambas películas enriquecieron el campo de la animación y están entre lo mejor que ha entregado esta década pero la originalidad de Wall-E, además de su exploración de géneros merece un apartado especial. Quizá esto suene polémico pero el ambicioso proyecto de Stanton es superior porque, sencillamente, la película dirigida por Brad Bird era excelente mientras que Wall-E es “diferente” o, mas bien, DIFERENTE. Pretende dejar su sello en la historia y lo logra sin que necesariamente tengan que pasar 50 años para decirlo. Una película cuyo primer plano es el universo y el último es el planeta Tierra no necesita esperar.

Polémicas aparte y yendo a la película en si, el film narra las peripecias de un robot que se dedica a depositar y clasificar basura en una Tierra abandonada por la contaminación. La introducción, contemplativa y marcada por planos descriptivos certeros que muestran a nuestro robot en actividad cumple en introducirnos al personaje y su micromundo, además de otorgar algunos planos generales de una belleza pictórica notable donde se aprovecha no solo el color sino también la perspectiva, mostrándonos que fue de nuestro planeta. El dorado que impera durante estas secuencias habla de un mundo olvidado, necesariamente abandonado entre la chatarra de los rascacielos inútilmente imponentes, mientras nuestro personaje cumple con su incansable labor. Luego está el notable punto de giro que es la aparición del personaje que revolucionará la monótona actividad de Wall-E, desde una situación romántica sugerida por un musical al que nuestro personaje rinde devoción (un clásico de Gene Kelly, Hello, Dolly!). A partir de la relación entre Wall-E y EVE, sugerida con gestos, nunca entupidamente explícita, por momentos chaplinesca, tenemos algunos de los momentos más brillantes de la película. Y lo increíble es que no hay figuras humanas, no hay diálogos, hay una banda sonora brillante y gestos naturales manejados con brillantez.

Luego la película ingresa en el costado más complejo de la narración, con un desarrollo absolutamente crítico del hombre contemporáneo y una visión ciertamente pesimista de lo que será su destino. Aquí comienza a forjarse la figura del héroe, sin perder el costado romántico ni el contexto del largometraje. Atravesaremos una sutil e inteligente crítica a las megacorporaciones, una aventura por recuperar un objeto perdido fundamental para el destino de la raza humana y un emotivo ensayo sobre el poder de decisión frente a la apatía del consumismo o la comodidad de la aceptación. Tanto Wall-E como EVE y el Capitán de Axioma se verán en la necesidad de cuestionar sus preceptos y se ven empujados a actuar bajo sus propias necesidades, sin necesidad de que un monologo o un soliloquio filosófico nos hable de razones.

La película está repleta de referencias, desde el póster –piensen en Wall-E mirando al cielo de la misma manera que lo hacen los antepasados del hombre en 2001: Odisea en el espacio– hasta los pequeños nombres que atraviesan el film, como Hal o Axioma, además de una sutil referencia política que trata a los mandatarios como mercaderes (lean el Buy Large, por ejemplo) pasando por los créditos finales, cuyo contenido subvierte el contenido religioso, haciendo de la creación la salvación del creador –la relación máquina/hombre-. Notable, monumental, y para colmo con uno de los mejores temas del genial Peter Gabriel en mucho tiempo. Verla es un homenaje al cine, una celebración del arte.

10 puntos

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