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El sabor de la noche

Cuento de hadas posmoderno, con neón

Por Cristian A. Mangini

Esta última película de Wong Kar Wai mantiene los rasgos autorales que el director mantuvo en sus películas, es decir, además de una estética bastante peculiar hay un relato que parte de una historia mínima para alcanzar un nivel poético que hace de esa historia pequeña algo trascendental, sin solemnidad de por medio. Con El sabor de la noche queda claro que el director tiene un trabajo de encuadre único, además de una idea de composición del mismo que muy pocos directores tiene actualmente. Sin embargo, el guión no está la altura del enorme trabajo técnico, con algunas decisiones que hacen de esta película algo arbitrario con un trasfondo filosófico evidente y forzado. Además resultan cuestionables algunas decisiones actorales, pero el film tiene algunos momentos representativos del buen trabajo dramático del director y un relato sencillo que no por eso deja de ser interesante.

Volvamos un poco sobre nuestros pasos para ver de que diablos hablamos cuando mencionamos ciertas cosas: cuándo se habla del trabajo de encuadre y el nivel estético nos estamos refiriendo a cuestiones puntuales que merecen ser explicadas. Cuando el encuadre es fotográfico, en el sentido de que las cosas están ubicadas en espacios donde cada cosa es vital para suministrar información, con un trabajo de luces que remite a destacar los tonos y, además, la figura del personaje no se pierde, estamos ante alguien que no filma con la lógica que utilizarían «directores” como Michael Bay o Joel Schumacher. En todo caso, no deja de ser una herramienta virtuosa que tiene que ir necesariamente enlazada a las necesidades del guión (no importa si trabaja sin guión, el mismo está implícito) y, en ese sentido, el director alcanza momentos muy bien logrados: el encuadre del personaje de Elizabeth (Norah Jones) desde la vitrina de pasteles, recostada sobre una mesa del bar, mientras Jeremy (Jude Law) la limpia, y el diálogo hace referencia a un nuevo comienzo y “limpiar” el pasado es sumamente poético.

Sin embargo, el relato tiene sus falencias más allá del trabajo técnico. La historia está enmarcada dentro de lo que se suele denominar road movies, es decir, películas de viaje que en sus eventualidades llevan a un auto descubrimiento espiritual del personaje, quién habitualmente esta atravesando una crisis. En este caso Elizabeth acaba de romper su relación con el novio y, luego de algunas charlas en el bar de Jeremy se plantea un viaje donde conoce todo tipo de personalidades y relaciones que cambian su forma de ver las cosas. Y aquí hay un problema: las road movies se basan en la eventualidad de los hechos, y no en acontecimientos aislados en determinadas partes de la ruta. Este rasgo presente en El sabor de la noche le quita naturalidad al relato y hace parecer como algo pergeñado los encuentros de Elizabeth con el resto de los personajes que conoce en Estados Unidos, traicionando el registro a pesar del buen trabajo dramático que algunas historias tienen. Otro problema está en que algunos personajes vitales para la trama no funcionan tan bien, un ejemplo paradigmático es el de Sue (Rachel Weisz), quien en algunos diálogos parece confesarse en monólogos que pierden la fluidez del relato.

Las actuaciones son otro punto problemático del film, por momentos la química entre unos personajes y otros no se mantiene, dejando entrever que quizá Norah Jones no esté a la altura de otros integrantes del elenco. Para ser claros, su trabajo individual y junto a Jude Law funciona con bastante naturalidad, pero junto a Leslie (Natalie Portman) y Arnie (David Strathairn) la talentosa cantante no está a la altura, a menudo entregando gestos artificiosos que no alcanzan la magnitud dramática que estos dos personajes ofrecen en pantalla. En otro nivel, la película ofrece algunas metáforas recurrentes que en algunos casos son explícitas (como la del pastel de arandano) y, en otros casos, son más implícitas y mejor trabajadas (piensen en la analogía entre saber manejar por la vida, sin depender del otro, y la necesidad del personaje de Elizabeth por comprar un auto, sin depender del colectivo).

Finalmente, eso ofrece esta nueva película de Wong Kar Wai, un relato sencillo que entre la desolación de los “no-lugares” (ya sea bar, casino, carretera) encuentra algunas respuestas al problema de la soledad y la angustia desde la perspectiva del personaje central. Lo que casi podría verse como un cuento de hadas posmoderno, iluminado por las luces tenues de la calle y el neón de los bares.

7 puntos

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