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La niebla

Ese final…

Por Cristian A. Mangini

Esta última producción de Frank Darabont, después de 6 años sin dirigir, parte de otra colaboración con el best seller del terror, Stephen King. En efecto, La niebla, que nada tiene que ver con la película de Carpenter o su terrible remake, es otra adaptación de una historia del escritor norteamericano en manos de Darabont. Hagamos un poco de memoria: la dupla impactó en 1994 con la icónica Sueños de libertad, y luego realizaría la irregular Milagros inesperados en 1999. Sin embargo el director daría el mal –desastroso- paso en el 2001 con la película El Majestic: casualmente este film no parte de una colaboración con el popular escritor de terror sino de las manos de Michael Sloane.

Por lo tanto este retorno de Darabont tras su (¿forzoso?) descanso de 6 años se perfila interesante, ya que también implica el retorno de la dupla al escenario cinematográfico. Y el resultado es, precisamente, interesante: la película puede irritar o emocionar pero jamás puede pasar desapercibida. El film es un gran largometraje de terror que rescata el espíritu de las películas serie B, con sus enormes monstruos bizarros, pero incluye un fuerte esquema alegórico de la realidad política que en algunos aspectos nos es ajeno y en otros no tanto del país del norte. La película elude categóricamente las caricaturizaciones pero comete un error en el desenlace y derrapa hacia el final, cuya interpretación puede resultar en una negación del espíritu del guión: una especie de Deus ex machina malintencionado que, aun así, no consigue arruinar todo lo bien que esta película hizo antes.

La película inicia con una violenta tempestad que arrasa la localidad de Maine obligando a nuestro protagonista David Drayton (Thomas Jane) a ir al pueblo para tomar víveres, junto a su hijo. Una vez en el supermercado los pueblerinos notan que, en verdad, lo que creían una neblina, era un augurio de cosas más terribles que se ocultaban en ella. Y develar el resto es innecesario, salvo que quedan aislados y el grupo es victima de monstruos y, además, de la propia estupidez o el miedo, que lleva a cada persona a reaccionar de manera diferente ante lo desconocido.

En el grupo se destacan por su actitud una desequilibrada que deviene en una peligrosa fundamentalista religiosa (Marcia Gay Harden), el mencionado David Drayton quién vela constantemente por la vida de su hijo y un juez que sólo quiere salir de allí, y no va a deponer su actitud hasta que no haya visto “con sus propios ojos” lo que hay en la niebla. Lo que sucede con esta sopa de personalidades es previsible, pero encierra dentro de si la potencia de una alegoría respecto al papel de la religión, las fuerzas militares, los líderes políticos y la ley ante lo desconocido, sin ser una crítica superficial, salvo en algunos diálogos demasiado artificiales para ser creíbles. Hay una clara alusión al mundo contemporáneo y la necesidad de chivos expiatorios respecto a las acciones que generan nuestra propia destrucción. El problema es, siguiendo esta línea de pensamiento, un final arbitrario que se queda con un plano final que, siguiendo la línea interpretativa de la película, sólo podemos verlo como una reivindicación (¡sin bandera!) del orden marcial, lo cual es aún más desesperanzador –algunos plantearon fascismo, pero el fascismo requiere de un estado con emblemas para funcionar como tal- que los monstruos.

Visualmente hay que destacar las escenas de pánico que se suceden durante el desarrollo de la película: una buena dirección de fotografía, un trabajo actoral notable y una cámara al hombro que no deja de acompañar la acción, ni de perder el rostro de los personajes, lo cual hace lamentar el uso ocasional del zoom o los planos demasiado cerrados, que pierden el entorno de la acción. Sin embargo logran que uno realmente se meta en la película, y la tensión que esas situaciones generan. Los planos generales hacia el desenlace son una prueba de elegancia visual, que hacen de lo desconocido algo imponente de lo cual es imposible escapar. La música tiene un trasfondo religioso que parece funcionar como contrapunto ante la postura de los personajes respecto de los hechos, generando una ambigüedad bienvenida en el contexto apocalíptico de la película, donde nada es certero y hasta la explicación más insólita puede ser factible.

¿Se puede sacrificar una obra cinematográfica en su amplitud por un final?: quizá no, pero el resultado termina siendo insatisfactorio ya que la película prometía algo más jugado, menos explícito. Es una pena, sobre todo por los segmentos dentro de la tienda, donde las reacciones y el pánico –salvo en el desenlace- son sumamente realistas y están muy bien logrados. El mismo King parecía prever en su obra la necesidad de un final diferente al planteado en la mayoría de las historias fantásticas, cuestión que Darabont no respeto en absoluto.

A continuación, un pequeño párrafo de la obra original, para entender el dilema respecto del final, y la postura del escritor: “Y he ahí lo ocurrido, o casi todo. Queda un último detalle, al que me referiré en seguida. Pero no debéis esperar un final claro. Esto no concluye ni en un: «Y escaparon de la niebla hacia el bendito sol de un nuevo día», ni en un: «Al despertar descubrieron que la Guardia Nacional había llegado por fin», ni menos aún el clásico y manido: «Todo había sido un sueño.»

Se trata, creo, de lo que mi padre llamó siempre, con contraída mueca, «un final a lo Alfred Hitchcock»; es decir, un desenlace ambiguo que deja al lector, o al espectador, en libertad de decidir por su cuenta cómo terminaron las cosas. Lleno de desdén hacia este tipo de relatos, mi padre solía llamarlos «de salva».”

7 puntos

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